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martes, 22 de junio de 2010

Sorry

Perdón por la tardanza, hyoestuve escribiendo un poco y ya estoy pensando en mas ideas, ya espero que lleguen bien, transcribirlas y terminar con esta historia :D
Gracias por la paciencia.
En esta semana espero terminarla, y ahora subirla.

jueves, 28 de enero de 2010

••Capitulo 1O3••

Su rostro fulguraba frente a mis pupilas, y su sonrisa abundante de gozo me hacía querer gritar esquizofrénica, había escuchado su voz en lo más recóndito de mis pensamientos, y ahora estaba frente a mí con su expresión más tonta, estrujándome las extremidades. Razón para decir que era el espectro más alegre y más bruto que había visto. Bien, era el primero, pero era espeluznante y no en el sentido en verdad aterrador, si no que emanaba su exagerada animación cuando clavaba como estacas sus ojos marrones en los míos, henchidos de excitación, y me quedé petrificada escrutándolos con las facciones de mi rostro entorpecidas. Acumulé el aliento posible y necesario para que mi campanilla retumbara con el estruendoso grito que estaba por lanzar.
— ¿Qué?... ¡Silencio! Me reventarás los tímpanos ¿Por qué gritas como si vieras un fantasma? —preguntó tapándose los oídos, y yo, sin razón aparente guarde silencio cavilando el por qué es que hacía esa pregunta, ¿No se daba cuenta de la magnitud del asunto?
—Ehhh… —proferí dudosa—. Será por que… ¿Eres uno? ¡Dah! —me burlé con obviedad, rezando porque no estuviera loca por hablar con seres del más allá. Adquirí con los músculos entumecidos, una posición que me permitió contemplar la cuantiosa indumentaria que me rodeaba, infinidades de cables que iban desde una bolsa de suero, hasta mi muñeca con un pinchazo de aguja traspasándome la piel. Las paredes de alabastro. Las enormes ventanas rectangulares que advertían cautelosas a los poseyentes de fobia a una altura aterrorizante. El sordo sonido tras la puerta del choque de zapatos contra el piso, de aquí y allá sin parar; y lo más relevante: la presencia de dos personas.
Risoteó y se acercó a mí.
—Cariño ¿Estás loca?
—Espero que no —dije para mi misma.
—Parece que ese sueño prolongado te afectó la cabeza.
Parpadeé incrédula, repleta de ignorancia.
— ¿Sueño? ¿Qué sueño? Se suponía que tú habías muerto.
— ¡No! —gritó y se llevó una mano a la frente, indignada, caminando como borracha hacia el hombre de bata blanca—. Doctor, a mi me parece que no la atendieron bien, mire, ahora desea que su madre esté muerta, así nos agradecen los hijos, no vale la pena todo lo que les damos, todo lo que…
—Mamá —le llamé antes de que lanzara sobre el doctor sus lágrimas de cocodrilo acerca de “¿Por qué tenemos las madres hijos tan malagradecidos?”
Hice un recuento de mis últimas palabras e imágenes que capté y me vi obligada a preguntar.
— ¿Qué hace un doctor aquí, por qué estoy en un hospital? —quise saber, pero al momento en que mi madre y él viraron la cabeza a mi dirección, caí en la cuenta de que posiblemente… —. ¡Estoy muerta!
—Eh… ¿Qué? —chistó confusa mi madre dando pasibles pasos, hasta acercarse —. Hija, creo que tantos años con esa dura e incomoda almohada, afectaron tus neuronas.
—Mmm… señora, señorita, las dejo para que platiquen… con permiso —dijo el doctor en tono cordial y abandonó la habitación. Vaya que no era ese tipo de personas que incumbía en los asuntos familiares. Lo entendía, ¿Quién quería escuchar una conversación entre madre e hija, donde una de ellas estaba completamente desinformada y tal vez loca?
—Necesito explicaciones.
—Y las tendrás, solo cierra esa boquita y deja de decir tales incoherencias… ¿Te lo explico todo o quieres saber algo en especial? —corrió las sábanas y se sentó a un costado de mi.
—Las dos. Dime ¿Por qué estoy aquí? ¿Qué me paso?
Tragó saliva y me miró dubitativa.
—Verás —pausó por segundos y se preparó para contar lo que le había invadido de melancolía—. ¿Recuerdas el… accidente? —dijo y me rebosó de duda la mente. No lograba pensar de qué accidente se refería; excepto uno en especial.
Moví la cabeza de un lado a otro intentando ordenar mis ideas.
—El único que recuerdo es el de la carretera donde… —en instantes descubrí lo quebrada que se tornaba mi voz—. Íbamos él y yo…
—Exacto —intervino antes de que estallara en llanto desconsolado—. Él… ya no está.
—Lo sé… murió.
Solo asintió levemente con la cabeza y tomó de mis manos como si eso lograra calmar mi pena. Esto era un déjà vu, esto ya había pasado una vez. Solo era una pesadilla de mi subconsciente que se aferraba a esta dolorosa escena.
—Quiero despertar —chillé cabizbaja.
—Cielo, estás despierta, y no sabes cuanto rogué a Dios porque lo estuvieras —tomó mis hombros y atrajo mi cuerpo hacía ella, su calor era tan… real. Podía sentir su cariño de nuevo, y se esfumó la idea de que se tratara de una ilusión—. Estamos juntas de nuevo y todo estará bien… te lo aseguro.
La empujé con suavidad y la miré a los ojos intentando hallar mi respuesta esperada.
— ¿Qué esta pasando?
— ¿Acaso no lo sabes? Hija, pasaste dos años enteros después de ese día, dormida, y con los latidos de tu corazón era suficiente para que esta madre se esperanzara con que volvieras a abrir los ojos.
Mis párpados detuvieron su labor, y dieron paso a la cristalización de mis oculares. La realidad estaba a mí alrededor, y la corta explicación terminó por darle un vuelco a mis emociones. Estaban de todas, esa invencible alegría de saber que mi progenitora estaba con vida, esa agonía de descubrir que en realidad el que llego a ser el amor de mi vida había dejado este mundo, y la desilusión cuando reflexioné que… jamás existió esa vida sacada de cuentos de hadas donde el amor se volvía hacer presente. Al parecer la suerte no estaba en un 100% de mi parte. Mi imaginación llegó demasiado lejos, tanto para subirme a las nubes y para dejarme caer de espaldas a un planeta donde reinaban esas inmensas ganas de querer hacer verdadero un sueño. Un fantástico e irreal sueño.
— ¡Oh! No llores, ya todo esta en orden; ya estás conmigo y…
—Mamá, es que tu no comprendes… estoy feliz de que estés conmigo, pero… no entiendes lo complicado que es para mí asimilar que nada fue como lo pensé. Todo dio un giro, porque Jonathan no está, lo extraño, no sabes cuanto, pero también tuve casi una vida en ese sueño, en todo ese tiempo que permanecí dormida. A eso me refería cuando dije que estabas muerta, así sucedió, todo… todo parecía tan real. Él tampoco está, y me duele saber que estuvo —puse mi mano en mi pecho izquierdo, justo donde bombeaba sangre mi corazón—. Aquí, y… —indiqué con el dedo índice mi cabeza—. Aquí.
Tomó delicadamente de mis muñecas y las descendió hasta tocar el colchón.
—Cuando dices que “el tampoco está” Te refieres a Jonathan ¿Cierto?
Fruncí los labios y me encogí de hombros.
—No —pronuncié con un hilo de voz. Las lágrimas salían apresuradas de mis ojos, y era imposible detener la corriente.
—Entonces… ¿De quién hablas?
—De… —dudé por unos segundos si decirle o no, no sabía exactamente que pasaría por su mente cuando le dijera, «estuve enamorada de un sueño» tal vez me tacharía de loca, o de una tonta niña atrapada en su fábula. Pero… ¡Era mi madre! Tendría que saber que ella siempre trataría por concebir a su hija, por más disparatadas que fueran sus anécdotas—. No me escuches, como mencionaste, tantos años durmiendo me afectaron la cabeza.
Alzó sus manos de improviso y las dejó desplomarse para chocar en sus piernas.
—Cariño, detesto que hagas eso, ¿Por qué no me cuentas? ¿No confías en mí? —«no» pensé desde mis adentros, pero reflexioné que esa no era una respuesta muy apropiada para una madre, y más cuando esta exageraba en su política de “tú y yo somos amigas, sabes que puedes contar conmigo para todo.” Pero… no era desconfianza, si no inseguridad, conociendo su personalidad burlona, ya no sabía que esperar.
Mordí mi labio inferior y la miré inocente.
—Después ¿si? Tengo hambre, y sabes que son ciertos esos rumores de que las comidas de hospital son un asco.
Carcajeó y se puso de pie con las manos sobre las caderas.
—Es cierto —dijo seria, con la mirada perdida en un punto inexacto de la pared— ¿Qué es esto? ¿La cárcel? No, creo que en la cárcel hay comida mucho más apetitosa que esta. Veré si puedo ir a uno de esos centros de comida rápida, tú sabes, una grande y grasosa hamburguesa con una coca-cola tamaño jumbo.
—Perfecto —respondí con una sonrisa, dando un saltito sobre el colchón.
—Espérame aquí, no tardo —envolvió mi rostro con sus manos y besó mi frente—. ¿Estarás bien?
—Claro —suspiré, viendo como tomaba su bolso y abría la puerta—. Mamá —articulé con un tipo de miedo sobre las ondas que emitían mis cuerdas vocales, enseguida volteó y plasmo en mí su tierna mirada compasiva—. Cuídate, y conduce con cuidado.
La habitación pronto quedó aislada de todo ser que no fuera yo, o mi soledad. El silencio era perturbador, tan complicado para que existiera la calma en mis sentidos aún confusos e incrédulos.
Roté mi cuerpo hasta dejar que mis piernas pendieran del colchón, lo suficiente para que los pulgares de mis pies notaran lo glacial del piso. Parpadeé miles de veces, y caí en un hechizo que me hizo levantarme por completo y caminar hacia el cristal que daba al exterior del edificio. El sol terminaba su turno y era hora de que los tonos violetas envolvieran el céfiro, para así abrazarlo plenamente con su manto negro.
Era sorprendente como los reflejos daban una mejor descripción de la más pura realidad. Mi apariencia no figuraba a la de una chica de 19, si no que aún perduraba esa delicadeza en mi rostro, digno de aún, una adolescente. Puse mi mano en el cristal admirando la proyección. Eso sirvió para percatarme de que las lágrimas dejaban un rastro acuoso sobre mis mejillas; al desear interrumpir su caudal con mis dedos, miré hacia abajo, justo en el punto donde me era posible apreciar mi cuerpo, desde mis hombros, hasta las plantas de mis pies apoyadas al suelo, todo estaba en orden, descifraba con complejidad que solo era una chica ilusa, con esa misma esperanza de que su príncipe azul llegara para salvarla de su triste desencanto, estaba vacía en cuerpo y alma.
No tenía un cálculo exacto de cuantos minutos forcé a mis piernas por sostener mi peso, estuve ahí, parada, con la pena apoderándose lentamente de mis fuerzas. ¡Que difícil era estar embelesada de una persona que no había existido! ¡De una persona que fue creada para volverme a la vida después de la muerte, después de la tormenta! Tal como toda una ciencia y filosofía había una explicación a este fenómeno: solamente, después de una perdida, inventé un consuelo, uno del que me obsesioné y por el que ahora estaba agonizando.
— ¡(tn)! ¡Amor! ¿Qué haces levantada? Aún no tienes las suficientes vitaminas para que estés de pie —gritó preocupada, rompiendo mi burbuja. Que bien que había aparecido, su presencia me protegía de mi verdugo, cada vez que me encontraba sola, este llegaba con el fin de someterme a los más escalofriantes suplicios, pero había cruzado el umbral de la puerta en un momento inexacto, en el que no deseaba que me viera lloriquear, porque tenía previsto lo que acontecería después de eso —. ¿Estás llorando? —preguntó curiosa al cerciorarse de que mis ojos estaban de un color escarlata, hinchados, empapados de un líquido salado, y las mejillas sonrosadas, tal vez por el frote tan tosco que les di para evitar que me descubriera, pero… ¡Oh mala suerte! Ya era demasiado tarde, y en menos de lo que cantara un gallo, me encerraría en un espacio reducido donde mi mente explotaría con las miles de preguntas que elaboraba solo por su instinto de madre consternada—. Sí, si lo haces, no se a ciencia cierta porque, pero verte sufrir, me hace sufrir.
—No estaba llorando, el olor a… los medicamentos me producen alergia.
Arqueó una ceja y se humedeció los labios con la lengua.
—Te advierto que sé con seguridad que esto es algo sentimental, a mi no me engañas.
Estaba rendida, ya no existían mentiras piadosas que encubrieran el dolor inmenso en mi pecho, quedé hundida entre miles de agonías, ansiosas por salir a flote.
—Mamá, no me hagas caso, son cosas de adolescentes, cosas mías, cosas que pueden ser estúpidas para cualquiera que las escuche, menos para mi —supliqué a la defensiva, mostrando un mal carácter y limpiando disimuladamente mis lágrimas con mi antebrazo, caminando en dirección a la cama, y volviendo a retomar mi postura encorvada sobre el borde de esta.
—Es que no es normal… —pausó y se quedó pensativa, su perfil era tan fino, y los rastros del envejecimiento parecieron no tocar su piel, estaba tan joven, ni una operación del rostro hubiera podido igualar sus delicadas facciones—. Creo que todo esto es por lo poco que me platicaste sobre esa “vida”, ese sueño que tuviste. ¿No es así? —me miró retadora y de nuevo deslumbraba su expresión embrujada que obtenía mi verdadera respuesta, exiliaba victoriosa las mentiras.
Giré la cabeza sobre mi cuello, blanqueando los ojos.
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Al fin pude escribir un capítulo largo de 4 páginas, es lo más que he escrito, me tomó varios días, y lo siento, pero al fin terminé. Espero que comenten porfavor, necesito su opinión. Escribiré lo más pronto posible. :D

lunes, 11 de enero de 2010

••Capitulo 1O2••

— ¡Doctor! ¡Por favor! ¡Venga pronto! — gritó una voz de emoción recabada, notoria por el tono de sus alaridos. La alegría se reflejaba hasta en miles de kilómetros. Esa eufórica e impaciente voz de adolescente al declamar a todo el mundo que el chico más apuesto de toda la High School la había elegido a ella al tan ansiado baile, con el que había soñado y velado noches enteras alucinando su elegante caminata entre el cúmulo de estudiantes envidiando la manera en que danzaba al lado del perfecto muchacho de facciones recién esculpidas con suma delicadeza.
— ¿Qué es lo que pasa? — preguntó una voz áspera y gélida, pero con el dejo de agitación por la velocidad a la que trataba responder a los gritos que retumbaban las blancas paredes del edificio.
—Es que… no puedo… — La éxtasis que le provocaba “La gran noticia” iba más allá de la pérdida de aliento al articular palabras, a tal grado de que su corazón latía al 1OOO por hora, este capaz de recorrer el planeta reduciendo el tiempo en que Phileas Fogg y su acompañante Jean Passpartout lo harían en 8O días.
—Señora, cálmese y respire hondo —indicó la voz áspera, al parecer, con correspondencia, porque sus suspiros llenaban una y otra vez las bolsas de aire de su aparato respiratorio—. Ahora dígame qué sucede.
—Es que… está reaccionando, hace un momento movió su dedo pulgar.
—Los pasos de unos zapatos de charol nuevos rechinaban sobre el vitropiso hasta recopilar la bastante intensidad con que se acercaba, y frenar en el punto exacto.
—Hum… no lo creo, señora, llevamos dos años esperando, y casi todos los días usted dice lo mismo… le diré algo, tal vez sea que se aferra tanto a algún milagro, eso puede ser que la haga pensar eso —espetó con seguridad de que su instinto y experiencia estaban de su lado.
— ¡Escúcheme! Yo sé perfectamente lo que mis ojos ven, no hay equivocaciones. Tal vez usted sea un profesional que se cierra en un solo tema “la ciencia” y confía en ella como en ningún otra cosa. Pero yo confío en mis creencias y en los milagros, y aquí soy la profesional en el campo de la maternidad… y permítame decirle que…
— ¡Señora! Tranquilícese, esta bien, tiene razón, veré que hay de nuevo con su hija —el hombre sabía que debía hacerse en caso de enfrentarse a una histérica mujer, y la solución era: darle la razón, por lo menos con la esperanza de que esa mujer no hubiera enloquecido.
— ¡No puede ser! —exclamó con un mínimo toque de asombro.
— ¡¿Qué?!
—Su hija esta… despertando.
No sé porque tengo esa sensación de haber estado “conservada” por un largo tiempo… es como si no hubiera dejado que un rayo de sol traspasara mis pupilas, que una brisa de viento acariciara mi piel, o que un agradable aroma me extasiara los sentidos al recorrer mis conductos respiratorios.
El ambiente era distinto al que había pertenecido la última vez. Ese típico aroma a brebaje, ese sonido aturdidor de un “pi, pi, pi” uno seguido del otro en un tiempo determinado y sincronizado, y los pasos correteando en un vaivén apresurado.
— ¡Oh Dios mío! No puedo… creerlo —expresó esa voz inolvidable en mi cabeza, cuando me arrepentía al mismo tiempo de pedir un rayo de sol sobre mis ojos—. ¡Estás volviendo en sí!
Reí entre dientes, con los parpados a medio abrir.
—Podría jurar que escuché su voz entre sueños —carcajeé en mi fuero interno, solo que en voz alta y con algo de sarcasmo, es que… enserio ya estaba loca, escuchaba voces y todo por la estúpida aprehensión de mis deseos.
— ¡Está hablando! —dijo, y otra vez me alienando—. Pero… no comprendo porqué dice esas cosas.
—Tal vez está delirando —opinó el hombre.
—Mi niña, reacciona —atrapó mi cabeza entre sus manos, con esa calidez característica de ella—. No sabes cuanto esperé este momento, no perdí las esperanzas… estamos juntas de nuevo —el sonido de un Gong tembló dentro de mi, todo en mi interior se estremeció con esa frase, un agudo sonido, parecido al de una guitarra eléctrica perduró casi 1 minuto y ese sonido estremecedor de Gong me llevó a abrir los parpados de golpe.
___________________________________________
Perdonen mi irresponsabilidad, me alejé demasiado de este pasatiempo, y lo admitiré, perdí el interés, pensé que esto podría durar años, pero me equivoqué, y mas bien duré años en escribir de nuevo.
Como dije, mi interés por escribir se desvaneció... pero no me gusta dejar las cosas a medias, por eso terminaré con lo que empecé, y tarde tanto para escribir esto poco, la inspiración y mi tiempo se reducieron, y ahora hice un intento... ya no podía mas, así que subiré lo poco que hice, esperando que les guste, que me comenten que tal, y que disculpen mi tardanza.
Intentaré escribir mañana y tal vez dejar por completo la escritura hasta que sienta que volvió esa inspiración de antes.

domingo, 22 de noviembre de 2009

••Capitulo 1O1••

El tiempo pasó tan rápido, tal como el crepúsculo de cada día, todo siguió su rumbo constante sin ser digno un descanso en el correr de las horas; los meses volaron sin cesar. Las noches sombrías adornaron el cielo, y en su explanada se estampaban las gallardas estrellas desfilando en línea con una organización epatante, cada conexión creaba la simbolización de varias formas dispersas y este percato era posible cuando mi acompañante tendía un manto blanco sobre el césped, nos recostábamos sobre este con la mirada fija al negro firmamento y me permitía apoyar la cabeza sobre su corpulento pecho mientras él palpaba mi vientre y susurraba en mi oído miles de espléndidas palabras en su posesivo tono de voz aterciopelado. Las lluvias bañaron la ciudad y como un presente, gotas de rocío danzaban por las superficies externas, ramas, verdosas hojas, y los charcos del pavimento humedecido en los que los alegres niños chapoteaban con placer y excitación; al divisar dichas escenas, mi corazón se hinchaba de gozo, imaginando que el tiempo se reducía para en un pestañear lograr el sueño de toda mujer.

Las amistades retornaron, así es, Jason y Joseph recuperaron y fortalecieron su lazo fraternal. El perdón mutuo congració la unión sin regalar un pase al rencor. Jason era la misma agregación de otro miembro más en la familia Jonas, y aseguraba con cierto fervor e impaciencia que él sería el padrino del bebé. En cuanto a Allison, no volví a saber de ella; Jason con su alto poder en la “comunicación” nos informó que flotaban rumores de que ella había viajado a Europa y al parecer no volvería. «Se fue para quedarse» consolidó.

En cuanto a mi; no hay mucho que decir, solo quedaba un corazón roto, y la típica mordida, parecida a una hemorragia interna que me desgarraba los órganos a causa de una pérdida más. Meses atrás describí no de manera concreta el encuentro de mi madre, el cómo las monjas la encontraron. Todo ocurrió así, según la versión de la Madre Superiora:
» —El sol de cada día iluminaba la tierra, ese día la el sol iluminaba de forma exagerada el bosque, tanto que sus ardientes rayos traspasaban las ramas de los árboles proyectando en el pedregoso suelo las sombras más destacadas y la humedad del aguacero del día anterior se había evaporado. Caminábamos con la intención de recorrer, después de un día bastante tenso el espeso bosque, el sol nos quemaba la piel y era posible adivinar que después del paseo nuestra piel se teñiría de un color más oscuro. Con los pies llenos de cayos nos detuvimos a tomar un descanso en una piedra lisa, la única que había. Todo era un silencio escalofriante, solo el canto de los hiperactivos pajarillos nos calmaba el ligero miedo. Pero se acrecentó cuando escuchamos quejidos de al parecer una mujer. Lamentos entrecortados, como si su voz se cohibiera con el correr de los segundos. Todas estábamos a punto de salir corriendo, pero nuestro deber nos impidió salir huyendo, y al contrario agudizamos el oído para escuchar de donde provenía tal lamento. Su rostro era tan pálido como la nieve o como un muerto viviente, y su piel tenía demasiadas heridas, la mujer apenas y se mantenía en pie.
« ¿Se encuentra bien? » le pregunté. Pero su voz se extinguía, no sé con qué fuerza se sostenía y lograba que sus cuerdas vocales transmitieran lo que parecían sus últimas palabras. «No» respondió y enseguida cayó desvanecida. Entre todas la llevamos al convento, llamamos a un doctor; nos dijo que no le quedaba mucho tiempo. Así permaneció por varias semanas, inconsciente. Un día sus ojos se abrieron, en ellos se veía la gran pena que la invadía, y con sus últimas frases expresó que la muerte estaba próxima, aún así nombró tu nombre «Ella estará bien, yo la protegeré de todo mal» informó, su mano se volvió rígida, y la vitalidad escapó de dócil cuerpo.
La resignación es difícil de alcanzar, pero… a final de cuentas es el único recurso. Asimilé su partida, y aún me duele proyectar su vivaz rostro en mis recuerdos, porque ahí es donde sigue ella, en mis memorias, en mi corazón y mis sueños. Varias ocasiones su figura se aparece en cada noche mascullando «siempre estaré a tu lado, no lo olvides», y esa sensación de «lo oculto» sigue en pie, más fuerte que nunca. El misterio ya se ha alojado, pero se rehúsa a hablar, si tan siquiera existiera una pista. Solo el amor de Joseph, el cariño de su familia y la posterior nueva llegada incrustaban en mis venas la bastante carga de energía.

Y claro, como olvidar al miembro más importante, al fruto de un amor invulnerable. Como dije, los meses pasaron, y como la naturaleza lo manda, mi vientre tomaba curvas que indican efectivamente la pronta llegada de un varón. Era de sobra decir que Joseph y yo éramos unos impacientes; contábamos los días restantes con tanta perturbación que cada minuto que pasaba era una eternidad. Todo iba a la perfección…

sábado, 7 de noviembre de 2009

••Capitulo 1OO••

Los rosales irradiaban el verde pastizal, pero solo me hacía una pregunta ¿Qué festejaban con su hermosa belleza? ¿Por qué “alegraban” en un día gris y glacial? ¿Por qué su imagen colorida y dulce aroma conseguían embelesarme?
¡Qué flores tan testarudas! Exclamé en mis adentros con el pecho ardiendo en cólera, con el alma en mil pedazos y con el corazón pendiendo del talud de mi martirio.
Contemplé las flores un par de segundos, los pigmentos hipnotizaron mis pupilas, y las espinas las penetraron, reventando el manto cristalino, dando lugar a la acuosidad copiosa. Rompí en llanto. Era difícil conservar la fuerza de mis frágiles piernas a causa del afligimiento que tiraba de mi cuerpo posesionando su fuerza y convirtiendo mis extremidades inferiores en pajillas que de a poco se flexionaron, mis rodillas colisionaron con la pedregosa superficie y todo mi peso recayó en mis pantorrillas. El álgido goteo se topaba en mi espalda, y se resbalaba por mi cálida piel, escalofriándola con cada deslizar.
No era la primera vez que me exponía a la climatología frígida, tampoco era la primera vez que perdía a uno de los seres más significativos, pero si era la primera vez en la que la lluvia acompasaba mi presencia, cada gota que rodaba por mi piel era una caricia de consuelo, y ese sonar típico de la contracción del agua y cada objeto con el que chocaba eran palabras de aliento, esta vez el viento brindaba su lugar al sonido, este sabía que era un mal consejero, y por lo tanto dejaba su lugar y lo suplantaba.
Permití que mis oídos se deploraran con la canción natural, deseaba con ímpetu captar el mensaje que ahora donaban.
—Prepárate… —susurró. —La verdad está cerca… —agregó. El susurró continuaría su frase, alisté mi sentido y cerré los párpados para alcanzar la máxima concentración…
— ¡(Tn)! ¡¿Dónde diablos estás?! —gritó.
El susurró se difuminó, fusionándose con el goteo.
La lluvia creaba una cortina acuífera algo borrosa, paulatinamente su figura se abocetó hasta dibujarse con precisión cada detalle de su rostro empapado frente a mí.
— ¡¿Qué fue lo que te dije?! ¡Te resfriarás!
No respondí, solo me limité a mirarle con desdén.
— ¡¿Qué no entiendes cuando te ordeno algo?! ¡Es por tu bien! Me preocupo y tú solamente…
— ¡Joseph! ¡¿Quieres callarte?! —reclamé ofendida, odio que me griten y eso lo he demostrado constantemente. Crucé los brazos sobre mi pecho. El agua rezumaba por mis humedecidos ropajes—. ¡Tú no eres nadie para darme órdenes! —recriminé, pero en realidad si era un alguien, un alguien importante en mi desolada vida—. ¡Quiero-Estar-Aquí! —separé cada palabra con el fin de que estas se desplomasen en el punto exacto de su meollo.
Se mordió los labios, empuñó las manos y flechó su atención al suelo. Obtuve escuchar como resollaba, como es que le borboteaba la sangre por las venas.
—Está bien —suspiró, obvio la victoria era mía, podía volver a mi mensaje y sumergirme en la completa soledad y apaciguamiento—. Tú me obligaste hacerlo.

—No era necesario jalonearme del brazo por todo el camino —me quejé frotando mi piel arrebujada y enrojecida por la fuerza de una mano furiosa.
Noté con el rabillo del ojo su rostro serio, con la mirada ida y las facciones recias.
—Date un baño y múdate de ropa, en un rato iremos al…
—Lo sé —interrumpí—. No es necesario que me lo menciones—le indiqué con la voz insustancial. Si pronunciaba tal palabra solo ocasionaría mi caída de nuevo al vacío…

La tierra era fina y húmeda debido a la lluvia, desprendía un fresco aroma. El follaje de los árboles bailaba con el céfiro y el empíreo se maquillaba con las esponjosas nubes en tonos cenicientos. El escenario era devastador y fúnebre, la energía de los cuerpos enterrados era frívola, y atería la piel de cada persona presente…
La despedida física estaba conexa, el hoyo negro en mis entrañas se retroalimentaba al contemplar como el velador con su pala retiraba la tierra, y en pocos minutos un montón de arena se adjuntaba a su lado izquierdo.

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