—No habrás estado husmeando ¿Verdad? —pregunté con una deserción de ofuscamiento.
—No, lo habría hecho si Kevin no me hubiera entretenido buscando su apestoso calcetín de “La suerte” —torció el gesto blanqueando los ojos.
— ¿Frankie está con ustedes? —preguntó Penny garbosa, interponiéndose entre nuestro medio metro de separación y posesionando su fulgurante mirada en Joseph.
—Sí, está abajo jugando con Nick, ¿Por qué no vas con él? —sugirió, siendo una sospecha para mí que me estremeció ¿Y si escuchó algo? Sería mi fin.
—Sí —aceptó caminando hacia el umbral de la puerta.
—Espera Penny, pero tú y yo… —estiré la mano, evitando su ida, pero los brazos de Joseph se enroscaron en mi cadera.
—Déjala, volverá, por lo pronto necesito hablar contigo —reveló serio tras mi nuca.
—Emm… ¿So… sobre qué? —balbuceé, las piernas se me azogaban.
Sí, lo había descubierto, ahora no tendría cara para decírselo de frente. Era culpable de ocultar la verdad, y aún peor que no hubiera salido de mis labios dirigido a él. ¿Ahora como lo tomaría?
—Pues… más bien venía a reclamarte —farfulló, mi corazón dejó de latir, una plática, un reclamo, todo apuntaba a mi juicio—. Así como lo oyes, tú tienes una gran deuda conmigo… ¿Sabes cuántas besos me debes?
— ¿Qué? —giré enganchando sus castaños ojos, ¿todo era por un beso?
Inspiré aliviada.
—Sí, en estos días ha aumentado la deuda, y te aviso que aún te falta pagar el IVA y los intereses por atraso —sonrió.
— ¡Puff! Supongo que te debo millones, ¿no podría posponer el pago? —dije coqueta, totalmente hipnotizada con su mirada, enredé los brazos en su cuello y apegué mi nariz a la suya, la calefacción de su respiración contenía una droga perenne, mucho más peligrosa que el alcohol por el uso rocambolesco.
—Creo que no —musitó mordiendo su labio inferior.
— ¿Podríamos llegar a un arreglo? —susurré sensual en sus labios con toques mínimos en ellos que espoleando la lascivia.
—Lo pensaré… pero… necesito… un… adelanto —articuló con dificultad entre la guerra de besos enardecidos, sus manos enmarañaban mi cabello, pausadamente bajaron acariciando mi dorso en una fluctuación.
Despegué mis labios de los suyos besando en pausas su mejilla hasta el lóbulo de su oreja, periclitando a su cuello donde cada mancha pigmentada de él fue acariciada en un besuqueo, y como agradecimiento y disfrute un gimoteo de su parte.
—Considero que… esto es tu paga —bisbisé tomando de sus muñecas y tirándolas hacia abajo para zafarme.
—No creas eso, eso solo fue una parte —esbozó una sonrisa corriendo un mechón que cubría mi rostro—. Te amo.
¿Por qué se comportaba así? ¿Por qué tenía que ser tan dulce? ¿Qué no entendía que me hacia sentir delictiva? El llevaba sus planes, su habla con un toque de fidelidad, mientras que yo le embebía a mis palabras engaño, silencio, a un tema delicado, que zampaba a cada minuto fuerza negativa para cuando este fuera descubierto, empeorando si ese no fuera un proyecto para su edad, pues para la mía no lo era, no podría ser responsable de algo que sí fuera mío, apenas era como un capullo en transformación ¡Y ya debía cuidar de una oruguita! No es que me arrepintiera que su existencia fuera un hecho comprobado, sino que éramos muy jóvenes, pero nunca se tienen en mente las consecuencias antes de un acto, y ocurren, bombardeando impresionantemente. ¿Y en verdad eso quería él? Con averiguar no perdería nada.
—Tengo algo… que decirte… algo muy importante —tartajeé.
—Te escucho —tomó mis manos entre las suyas y besó el dorso de estas.
Me mordí la lengua. ¿Por qué era tan difícil decir «Estoy embarazada de ti» «Seremos padres a nuestra corta edad»?
—Es una… sorpresa, y no sé como la tomes —hice una mueca de desagrado.
—Me conoces, y sabes que me encantan las sorpresas —me invitó a continuar con “palabras de confianza” aunque no me ayudaron del todo.
—Pues… —el estómago se me revolvía, me revolcaba la comida, y no era un asco, era por la simple razón de mi nerviosismo, estaba amilanada…
—No, lo habría hecho si Kevin no me hubiera entretenido buscando su apestoso calcetín de “La suerte” —torció el gesto blanqueando los ojos.
— ¿Frankie está con ustedes? —preguntó Penny garbosa, interponiéndose entre nuestro medio metro de separación y posesionando su fulgurante mirada en Joseph.
—Sí, está abajo jugando con Nick, ¿Por qué no vas con él? —sugirió, siendo una sospecha para mí que me estremeció ¿Y si escuchó algo? Sería mi fin.
—Sí —aceptó caminando hacia el umbral de la puerta.
—Espera Penny, pero tú y yo… —estiré la mano, evitando su ida, pero los brazos de Joseph se enroscaron en mi cadera.
—Déjala, volverá, por lo pronto necesito hablar contigo —reveló serio tras mi nuca.
—Emm… ¿So… sobre qué? —balbuceé, las piernas se me azogaban.
Sí, lo había descubierto, ahora no tendría cara para decírselo de frente. Era culpable de ocultar la verdad, y aún peor que no hubiera salido de mis labios dirigido a él. ¿Ahora como lo tomaría?
—Pues… más bien venía a reclamarte —farfulló, mi corazón dejó de latir, una plática, un reclamo, todo apuntaba a mi juicio—. Así como lo oyes, tú tienes una gran deuda conmigo… ¿Sabes cuántas besos me debes?
— ¿Qué? —giré enganchando sus castaños ojos, ¿todo era por un beso?
Inspiré aliviada.
—Sí, en estos días ha aumentado la deuda, y te aviso que aún te falta pagar el IVA y los intereses por atraso —sonrió.
— ¡Puff! Supongo que te debo millones, ¿no podría posponer el pago? —dije coqueta, totalmente hipnotizada con su mirada, enredé los brazos en su cuello y apegué mi nariz a la suya, la calefacción de su respiración contenía una droga perenne, mucho más peligrosa que el alcohol por el uso rocambolesco.
—Creo que no —musitó mordiendo su labio inferior.
— ¿Podríamos llegar a un arreglo? —susurré sensual en sus labios con toques mínimos en ellos que espoleando la lascivia.
—Lo pensaré… pero… necesito… un… adelanto —articuló con dificultad entre la guerra de besos enardecidos, sus manos enmarañaban mi cabello, pausadamente bajaron acariciando mi dorso en una fluctuación.
Despegué mis labios de los suyos besando en pausas su mejilla hasta el lóbulo de su oreja, periclitando a su cuello donde cada mancha pigmentada de él fue acariciada en un besuqueo, y como agradecimiento y disfrute un gimoteo de su parte.
—Considero que… esto es tu paga —bisbisé tomando de sus muñecas y tirándolas hacia abajo para zafarme.
—No creas eso, eso solo fue una parte —esbozó una sonrisa corriendo un mechón que cubría mi rostro—. Te amo.
¿Por qué se comportaba así? ¿Por qué tenía que ser tan dulce? ¿Qué no entendía que me hacia sentir delictiva? El llevaba sus planes, su habla con un toque de fidelidad, mientras que yo le embebía a mis palabras engaño, silencio, a un tema delicado, que zampaba a cada minuto fuerza negativa para cuando este fuera descubierto, empeorando si ese no fuera un proyecto para su edad, pues para la mía no lo era, no podría ser responsable de algo que sí fuera mío, apenas era como un capullo en transformación ¡Y ya debía cuidar de una oruguita! No es que me arrepintiera que su existencia fuera un hecho comprobado, sino que éramos muy jóvenes, pero nunca se tienen en mente las consecuencias antes de un acto, y ocurren, bombardeando impresionantemente. ¿Y en verdad eso quería él? Con averiguar no perdería nada.
—Tengo algo… que decirte… algo muy importante —tartajeé.
—Te escucho —tomó mis manos entre las suyas y besó el dorso de estas.
Me mordí la lengua. ¿Por qué era tan difícil decir «Estoy embarazada de ti» «Seremos padres a nuestra corta edad»?
—Es una… sorpresa, y no sé como la tomes —hice una mueca de desagrado.
—Me conoces, y sabes que me encantan las sorpresas —me invitó a continuar con “palabras de confianza” aunque no me ayudaron del todo.
—Pues… —el estómago se me revolvía, me revolcaba la comida, y no era un asco, era por la simple razón de mi nerviosismo, estaba amilanada…






